Érase una vez una princesa que siempre estaba triste, su padre preocupado por ella se preguntaba siempre la causa de su tristeza. Un día el rey decidió alegrar a su hija y contrató a todos los mejores bufones para que la hicieran reír, pero aun así la princesa nunca sonreía.
La princesa se paseaba en los jardines de palacio suspirando entre las flores, y algunas veces cuando allí no se le encontraba estaba en su cuarto oyendo las cajas musicales donde guardaba sus joyas.
Entonces el rey buscando una respuesta de su tristeza decidió contratar a los mejores músicos, bailarines y organizar una gran fiesta en honor a la princesa.
― Veremos si así se divierte la princesa ― dijo el rey.
Pero a pesar de todos los esfuerzos que hizo el rey, la princesa estuvo en la fiesta pero no se divirtió.
Pasó el tiempo y el rey advirtió que la princesa estaba cada vez más triste, así que llamó a los más sabios consejeros para ver que le recomendaban.
― En vista que la princesa es muy reservada, no estaría bien que se le pregunte abiertamente los motivos de su estado emocional ― advirtieron los sabios ― por lo tanto hemos llegado a la conclusión que se debe seguir a la princesa en sus paseos sin que ella lo sepa.
― ¿Cómo lo lograremos? ― preguntó el rey.
― Con un hechizo ― dijo el sabio más experimentado de todos ― el mago de la corte ha preparado una poción para convertirme en ave, perseguiré a la princesa y averiguaré el misterio.
El rey al no encontrar otra alternativa y dio su consentimiento. El sabio trasformado en ave seguía día a día a la princesa sin averiguar nada.
Una tarde la princesa se puso a llorar y comenzó a decir:
― ¿Cómo se puede ser princesa sin estar al lado del ser que se ama?… ¿Cómo se puede ser princesa y vivir amargamente?...
Entonces el sabio voló hasta la ventana del Rey y le dijo:
― La princesa está enamorada y no es correspondida en su amor.
El Rey preocupado dio órdenes a todos sus consejeros de averiguar quien era el amor secreto de la princesa. Pero a pesar de todos los esfuerzos por saber la identidad del joven, nadie tenía idea de quien podía ser.
Una noche de luna llena la princesa salió a escondida de palacio, sin saber que el sabio la seguía en forma de pájaro; ella caminó envuelta en un manto negro que la confundía con la oscuridad.
La princesa llegó al poco tiempo a una pradera donde descansaba un joven pastor rodeado de ovejas y rociándolo con un polvo mágico para que no despertara se acostó a su lado mientras decía.
― Se que eres mi amor no correspondido, yo soy una princesa y tu nunca te fijarías en mi.
La princesa acarició el rostro del joven mientras lo besaba.
Al amanecer la princesa huyó hacia el castillo teniendo la seguridad que su enamorado despertaría en la mañana sin saber que ella lo había visitado.
La noticia del enamoramiento de la princesa por un simple pastor enojó grandemente al rey el cual decretó que a partir de ese día en su reino pastorear estaba prohibido y que todo el que tuviera ovejas a su cargo sería colgado.
Todo el pueblo estaba alarmado, nadie sabía porque el rey había tomado esa decisión. Las ovejas del reino fueron sacrificadas y nadie se atrevió a cuestionar el mandato.
Solo el pobre pastor que no sabía leer no se enteró de la orden del rey y llegó a los linderos del reino con sus ovejas en medio de la conmoción de todos por su osadía.
La princesa no pudo salvarlo. El joven pastor fue colgado y la joven sufrió de dolor y cayó en la más profunda depresión. Su amor había sido sacrificado.
El mandato siguiente del rey fue comprometer a la princesa con el príncipe de un reino vecino, el cual era guapo e inteligente, pero la princesa no lo amaba.
Y así un día fue hallada muerta la princesa de pura tristeza y el rey comprendió que el amor aunque no correspondido nunca puede ser truncado.
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